Emperifollamiento idiomático

El castellano es un idioma al que le repugnan las excesivas, enredadas y en algunos casos casi impronunciables conjunciones de consonantes. Es enemigo de los trabalenguas.
Al hispanohablante, por lo general le cuesta pronunciar bien los nombres como Stalin, por ejemplo (y no sólo como impedimento ideológicos): dirá Estalin.
Porque nuestra idiosincrasia ortográfica, quedan sólo para usos de letrados términos tan respetuosos de la etimología griega como “Psicología” menospreciando por encima del hombro intelectual el más castellanesco sicología.
Los recargos ortográficos dan cierto dejo extranjerizante, con rasgos polacos, caro a ciertas personas cercanas a la cursilería, como la dama, que al instalar una peluquería, considera más “Chic” en vez de bautizarla “Cintia” hace colocar un letrero que dice “Zhynnthya”.
Y tenemos también las caídas de los arcaísmos, como usar la x con sonido jota. Escribir Jimena o Gimena. Y Mexico (que, debería pronunciarte Mecsico, alo gringo) escribiendo el nombre del país como en los tiempos en que Hernán Cortés sosegó a los Aztecas.
